MILONGAS DE BUENOS AIRES LA RUTA DEL TANGO


 1. La Catrera 

2. A La Gran Muneca 

3. Pof Pof 

4. Pampa 

5. El Irresistible

6. La Morocha 

7. Loca

8. Derecho Viejo

9. Don Pacifico

10. El Entrerriano

11. Yira Yira
 

 Por una extraña razón al convertir en MP3 el cd los temas quedan
en otro idioma, por lo tanto los detallados más arribas corresponden al CD.

 




RODOLFO BIAGI CON JORGE ORTIZ GRANDES EXITOS VOL. 1Y2



Lograr un estilo y una personalidad inconfundible, dentro de una modalidad musical muy simple, no deja de tener un gran mérito. Es el caso de Rodolfo Biagi, que nació en el porteño barrio de San Telmo.

Una vez terminado la escuela primaria, abandonó sus estudios para dedicarse a la música, en contra del criterio de sus padres, quería estudiar violín y sus padres le propusieron un trato; le compraban el instrumento pero él debía ingresar a la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta. Rodolfo fue alumno en el conservatorio del diario La Prensa, allí descubrió que su verdadera vocación era el piano.

A los 13 años, y sin que sus padres lo supieran, debutó como pianista poniéndole fondo musical a las películas mudas de un cine de barrio. En una de esas noches, Rodolfo tuvo la suerte que concurriera al cine el maestro Juan Maglio, (Pacho), que quedó impactado al escuchar al precoz pianista y lo invita a tocar con él. Tenía sólo quince años.

Luego pasó a integrar la orquesta del bandoneonista Miguel Orlando, en el cabaret Maipú Pigall.

Una noche de 1930, José Razzano lo fue a ver y le propuso acompañar a Carlos Gardel en algunas grabaciones. Y así fue, el primero de abril de 1930 graba, para el sello Odeon, junto al violinista Antonio Rodio y las guitarras de Aguilar, Barbieri y Riverol, los tangos “Viejo smoking”, “Buenos Aires” y “Argañaraz (Aquellas farras)”, el foxtrot “Yo seré para ti tu serás para mí” y el vals “Aromas de El Cairo”.

Gardel lo invita a una gira por España y Biagi no acepta; pasa entonces a integrar la orquesta de Juan Bautista Guido, luego integra la orquesta de Juan Canaro, allí conoce a Juan Carlos Thorry junto a quien compone el tango “Indiferencia

Siempre como pianista de Juan Canaro viajó a Brasil. A su regreso dejó la orquesta de Juan Canaro y permaneció inactivo durante un tiempo.

Era asiduo concurrente del cabaret Chantecler, donde tocaba su amigo Juan D'Arienzo, el pianista de la orquesta era Lidio Fasoli, famoso por su impuntualidad. Una noche D'Arienzo decide reemplazarlo y le propuso a Biagi que integrara su orquesta.

En el transcurso de 1935, D'Arienzo, con el joven y experimentado pianista y su ejecución nerviosa y rítmica, definió para siempre su inconfundible estilo. Durante los casi tres años que estuvo con D'Arienzo, consagró una manera de tocar que luego seguirían Juan Polito y Fulvio Salamanca, los pianistas que le sucedieron.

La orquesta de D'Arienzo se presentaba en el cabaret Chantecler, en LR1 Radio El Mundo, en bailes de clubes, en exitosas giras y actuó en la película Melodías Porteñas de Enrique Santos Discépolo. Su actuación con la orquesta dejó 71 registros discográficos.

En 1938, Biagi se separa de D'Arienzo para formar su propia agrupación, debutando el 16 de septiembre de 1938 en el cabaret Marabú.

Tanto la orquesta de Biagi como la de D'Arienzo consolidaron las posiciones interpretativas tradicionales del tango, centralizando el interés del público adicto al baile, con repertorios especialmente basados en la exhumación de antiguas obras adaptadas a sus modos de expresión musical.

Su actuación en Radio Belgrano le valió su apodo de Manos Brujas, que era un foxtrot de José María Aguilar que ejecutaba al comienzo de cada presentación de su orquesta

Su primer cantor fue Teófilo Ibáñez, exitoso intérprete de los tangos “Gólgota”, “La Novena” y la milonga “Campo afuera”. Luego lo sucedió Andrés Falgás que se consagró con “Queja indiana”, “Griseta”, “La chacarera” y “Cicatrices”.

Luego vino tal vez el cantor de mayor éxito en la orquesta; Jorge Ortiz, que luego se fue con Miguel Caló, pero al poco tiempo volvió con Biagi, con quien se sentía mas identificado. Sus grandes impactos fueron “Yuyo verde”, “Indiferencia”, “Pájaro ciego”, “Misa de once” y “Soledad la de Barracas”.

También pasaron por su orquesta: Alberto Lago, Alberto Amor y Carlos Acuña. Este último se lució con los tangos “A la luz del candil”, “Lonjazos” y con una de las mejores interpretaciones del tango “Uno”.

En el año 1942, actuó en Chile con un éxito sin precedentes.

En su orquesta también cantaron Carlos Saavedra, Carlos Heredia, Carlos Almagro y Hugo Duval, quien permaneció en su orquesta hasta su disolución y, junto Jorge Ortiz, fue una de las dos voces emblemáticas de Biagi. Como curiosidad se destaca el hecho de que en su orquesta nunca actuó una mujer.

Al comienzo de la década del cincuenta fue la primera en presentarse por la flamante televisión argentina. Por la misma época fue figura central del famoso programa Glostora tango club de Radio El Mundo.

Durante su trayectoria, Biagi tuvo la colaboración de destacados músicos. Entre los bandoneonistas figuraron: Alfredo Attadía, Miguel Bonano y Ricardo Pedevilla. Como violinistas estuvieron Marcos Larrosa, Claudio González y Oscar de la Fuente, quien además fue su arreglador.

A pesar de ser pianista, también contó con un ejecutante de ese instrumento. Fue Juan Carlos Giampé, quien los domingos lo reemplazaba en la radio para poder asistir al hipódromo.

Durante 17 años grabó para el sello Odeon, luego pasó a Columbia y finalmente a Music Hall.

Su obra como compositor, sin ser extensa, fue muy popular. Compuso el tango instrumental “Cruz diablo”; con letra de Carlos Bahr: los valses “Amor y vals”, “Como en un cuento” y el tango “Humillación”; con Francisco Gorrindo los tangos “Gólgota”, “Magdala” y “Por tener un corazón”; junto a Homero Manzi las milongas “Campo afuera” y “Por la güella”; en colaboración con Rodolfo Sciammarella el tango “Dejá el mundo como está”; con Carlos Marín “Oh, mama mía” (tango); junto a Juan Carlos Thorry el tango “Indiferencia”.

En la televisión tuvo una gran presencia y fue estrella del programa Casino Philips, por Canal 13.

La última vez que Biagi actuó ante su público fue el 2 de agosto de 1969, en el Hurlingham Club. Cuarenta y un días después, el 24 de septiembre, murió repentinamente a causa de una desmedida baja de presión. Recordémoslo con más sonrisas que lágrimas, evocando su gran éxito “Lágrimas y sonrisas”, hermoso vals de Pascual De Gullo. Fuente: Todotango.com por Jorge Palacio.

 VOLUMEN 1

VOLUMEN 2 

 

ANGEL D'AGOSTINO CANTA ANGEL VARGAS VOL. 2


Su orquesta no tuvo el reconocimiento musical que tuvieron las orquestas de Aníbal Troilo, Carlos Di Sarli u Osvaldo Fresedo, ni tampoco produjo el fenómeno popular de la orquesta de Juan D'Arienzo, pero desde 1940 a la fecha, las generaciones tangueras no dejaron de respetarlo y admirarlo.

Esa orquesta tenía magia y esa magia se trasuntaba sin necesidad de grandilocuencias, ni de hechos estentóreos. Todo lo hacía su sencillez y su buen gusto.

El bandoneonista, compositor y arreglador Ismael Spitalnik hizo el siguiente comentario: «En enero de 1940 comencé con D'Agostino y cuando hoy escucho las grabaciones observo que sonaba criollita y sencilla. Justamente triunfó por su sencillez, por su lenguaje claro y simple, por el buen decir de su cantor Ángel Vargas, que le permitía al público entender perfectamente las letras. Además había elegido un fino repertorio, muy nostalgioso y muy distinto al de los demás.»

Otra opinión interesante es la de Luis Adolfo Sierra: «D'Agostino acertó con el propósito de plasmar un estilo de muy simples concepciones musicales, pero de expresiva manera de ejecución, traducido por un calificado núcleo de ejecutantes. Pero la identificación con Ángel Vargas, determinó por sobre la labor separada de cada uno, el éxito de un binomio que logró imponerse en el momento de mayor afluencia de grandes figuras del tango.»

El periodista Jorge Göttling nos advierte: «Quien crea que D'Agostino tocaba el piano, o no sabe de piano o no conoció a D'Agostino. Se tocaban simultáneamente ambos, como si fueran una pareja en pleno idilio.»

Finalmente, el músico se define a si mismo, diciéndonos: «Yo soy milonguero, siempre lo fui, en el mejor sentido del término. Fui un buen bailarín y trabajé acompañando a los mejores, como El Mocho y La Portuguesa, también a Casimiro Aín. Pero El Mocho era el mejor, era un cajetilla (elegante) que no necesitaba coreografía barroca, era la representación más auténtica y más acabada de un milonguero. Así es que formé mis orquestas con dos conceptos que jamás abandoné: respeto por la línea melódica y acentuación rítmica para facilitar el baile. Cuando el cantor irrumpe en la escena y desaloja del punto de atención al músico, la orquesta estaba armada de tal forma que música y canto no interrumpían la posibilidad del baile. Para ello el cantor debía convertirse en un instrumento más, un instrumento privilegiado, pero no separado».

En esta apretada síntesis podemos concluir que la orquesta de Ángel D'Agostino se caracterizó por una delicada sencillez, por un muy buen repertorio, por ser bien milonguera y que tuvo en Ángel Vargas, un instrumento indisoluble del resto de la formación.

Cuando el cantor se retira de la orquesta, ésta ya no fue la misma.

Su nombre completo era Ángel Domingo Emilio D'Agostino. Nació en Buenos Aires en la calle Moreno 1626.

La música para él fue un hecho cotidiano y familiar, tanto su padre como sus tíos eran todos músicos. En su casa había un piano y éste resultó uno de sus primeros juguetes. En alguna charla con él recordaba que Manuel Aróztegui y Adolfo Bevilacqua eran habitués y que el piano no dejaba de sonar. El tango "Independencia" de Bevilacqua, sonaba en su casa con bastante anterioridad a su estreno, ocurrido en 1910.

Estudió en el conservatorio y de niño comenzó a tocar en público. Fue un trío infantil en el que también estaba su vecino de barrio, Juan D'Arienzo. Se presentaron en un pequeño teatro que funcionaba en uno de los costados del Jardín Zoológico (barrio de Palermo), y como no les pagaron perpetraron un incendio que pronto fue sofocado.

Dejó los estudios secundarios por la música. Las familias aristocráticas lo contrataban para tocar durante sus reuniones festivas. También comenzó a tocar en un local nocturno, diversos ritmos y en especial el ragtime, un ritmo de negros que había traído un pianista inglés de apellido Frederickson, al que reemplazaba cuando éste abandonaba el piano por su borrachera.

Arma su primer orquesta en 1920, de tango y jazz, es contratado por el cabaret Palais de Glace. Entre sus músicos estaba Agesilao Ferrazzano, a quien el propio D'Agostino consideraba el mejor violín que tuvo el tango.

Pese a que fue invitado varias veces, nunca salió de gira y la razón de esta actitud es una de las incógnitas de su vida.

En la época del cine mudo fue una de las orquestas pioneras que tocaba en los cines. Pasaron por sus filas: Juan D'Arienzo, Anselmo Aieta y Ciriaco Ortiz.

La primera orquesta puramente tanguera la forma en 1934, con los bandoneones de Jorge Argentino Fernández y Aníbal Troilo, el violín de Hugo Baralis (hijo) y el cantor Alberto Echagüe.

A Angel Vargas lo conoce en 1932, trabajaba de tornero y lo presenta en algunas de sus actuaciones. Recién en 1940 se consolida el binomio cuando la orquesta es contratada por el sello Victor y actúan en Radio El Mundo.

D'Agostino fue un personaje de Buenos Aires, no sólo del tango. Jugador experto y soltero empedernido, jugaba al póker en el Club del Progreso (club donde concurría la alta burguesía) y cultivó una entrañable amistad con Enrique Cadícamo. Sobre esta relación hay una curiosa anécdota que lo pinta de cuerpo entero. Cadícamo y D'Agostino se habían juramentado no casarse jamás, mujeriegos y bohemios no concebían estar encadenados a un vínculo permanente. Pero hete aquí que pasados los cincuenta años, Cadícamo incumple el pacto y se casa con una muchacha veinteañera. A partir de ese momento D'Agostino no le dirigió más la palabra.

Con la voz de Angel Vargas graba 93 temas, con Tino García 18, más un dúo con Miguel Cané, con quien graba 9 temas. También pasaron por su orquesta Raúl Lavié (2 temas), Roberto Alvar (3 temas) y con Ricardo Ruiz graba el tango "Cascabelito" que en muchos discos aparece erróneamente como cantado por Vargas.

El 16 de enero de 1991 fallece, solo, como siempre quiso, repleto de música, de amigos y del recuerdo de tantas mujeres. Una de ellas, seguramente la más famosa argentina del siglo XX, Eva Perón, le regaló un reloj despertador de diseño único, del que sólo había mandado fabricar tres piezas. Hoy ese reloj es parte de la colección del presidente del Consejo Académico de Coleccionistas Porteños de Tango, don Héctor Lucci.

Posiblemente, junto a Francisco Fiorentino, fue el modelo del cantor de la orquesta. Tanto es así que hablar de Ángel Vargas nos remite indefectiblemente a Ángel D'Agostino, el director de la orquesta de sus grandes éxitos.

Cantor de una personalidad impresionante, es el símbolo del fraseo porteño de los años cuarenta. Vargas canta como únicamente se cantó en el cuarenta.

Su fraseo era reo y compadrito pero al mismo tiempo, de un infinito buen gusto. Tenía una dulzura que disimulaba su voz pequeña pero varonil, transmitía simpatía y era sobretodo, un cantor carismático.

La dupla D'Agostino-Vargas, es a mi juicio uno de los engranajes más perfectos que nos dio el tango, sólo comparable a la de Aníbal Troilo con Fiorentino.

Su carrera comienza en los inicios de la década del treinta. Actúa en la orquesta del famoso y veterano músico Augusto Berto, con el seudónimo Carlos Vargas con la que se presentaba en algunas emisoras porteñas. En 1932 realiza algunas presentaciones con quien, tiempo después formaría el binomio del éxito: Ángel D'Agostino.

José Luis Padula, autor del famoso tango “Nueve de julio”, lo contrata en 1935 y graban dos temas, el tango “Brindemos compañero” y la ranchera “Ñata linda”. En 1938 hace algunos estribillos para la famosa Orquesta Típica Victor y al año siguiente graba dos temas con acompañamiento de guitarras, el tango “La bruja” y “Milongón”.

En 1940 comenzará su etapa fundamental al ingresar a la orquesta del pianista Ángel D'Agostino junto a quien permanecerá hasta 1946, dejando 94 temas en el disco, que constituyen verdaderas joyas del género.

Su etapa como solista la encara formando su propia orquesta, alternativamente dirigida por distintos músicos: el bandoneonista Eduardo Del Piano, el pianista Armando Lacava, y los bandoneonistas Edelmiro D'Amario, Luis Stazo y José Libertella, en total deja registrado junto a su orquesta un total de 86 temas. También hizo interesantes grabaciones con el trío de Alejandro Scarpino.

Entre sus discos se destacan las interpretaciones de los tangos “No aflojés”, “Tres esquinas”, “Ninguna” y “Muchacho”, el vals “Esquinas porteñas”, todos con la orquesta de Angel D'Agostino y, ya en su etapa solista el tango “Ya no cantas chingolo (Chingolito)” de Antonio Scatasso y Edmundo Bianchi, acompañado por su orquesta dirigida por Armando Lacava, que tiene la particularidad doble de ser su único registro en dúo con otro cantante y que además este cantante era su hermano Amadeo Lomio.

Ángel Vargas murió joven y todavía sin declinar sus condiciones interpretativas, fue sin duda uno de los más grandes artistas de nuestro tango.

DAGOSTINO VARGAS VOL.2 



ANGEL D' AGOSTINO CANTA ANGEL VARGAS VOL.1


Su orquesta no tuvo el reconocimiento musical que tuvieron las orquestas de Aníbal Troilo, Carlos Di Sarli u Osvaldo Fresedo, ni tampoco produjo el fenómeno popular de la orquesta de Juan D'Arienzo, pero desde 1940 a la fecha, las generaciones tangueras no dejaron de respetarlo y admirarlo.

Esa orquesta tenía magia y esa magia se trasuntaba sin necesidad de grandilocuencias, ni de hechos estentóreos. Todo lo hacía su sencillez y su buen gusto.

El bandoneonista, compositor y arreglador Ismael Spitalnik hizo el siguiente comentario: «En enero de 1940 comencé con D'Agostino y cuando hoy escucho las grabaciones observo que sonaba criollita y sencilla. Justamente triunfó por su sencillez, por su lenguaje claro y simple, por el buen decir de su cantor Ángel Vargas, que le permitía al público entender perfectamente las letras. Además había elegido un fino repertorio, muy nostalgioso y muy distinto al de los demás.»

Otra opinión interesante es la de Luis Adolfo Sierra: «D'Agostino acertó con el propósito de plasmar un estilo de muy simples concepciones musicales, pero de expresiva manera de ejecución, traducido por un calificado núcleo de ejecutantes. Pero la identificación con Ángel Vargas, determinó por sobre la labor separada de cada uno, el éxito de un binomio que logró imponerse en el momento de mayor afluencia de grandes figuras del tango.»

El periodista Jorge Göttling nos advierte: «Quien crea que D'Agostino tocaba el piano, o no sabe de piano o no conoció a D'Agostino. Se tocaban simultáneamente ambos, como si fueran una pareja en pleno idilio.»

Finalmente, el músico se define a si mismo, diciéndonos: «Yo soy milonguero, siempre lo fui, en el mejor sentido del término. Fui un buen bailarín y trabajé acompañando a los mejores, como El Mocho y La Portuguesa, también a Casimiro Aín. Pero El Mocho era el mejor, era un cajetilla (elegante) que no necesitaba coreografía barroca, era la representación más auténtica y más acabada de un milonguero. Así es que formé mis orquestas con dos conceptos que jamás abandoné: respeto por la línea melódica y acentuación rítmica para facilitar el baile. Cuando el cantor irrumpe en la escena y desaloja del punto de atención al músico, la orquesta estaba armada de tal forma que música y canto no interrumpían la posibilidad del baile. Para ello el cantor debía convertirse en un instrumento más, un instrumento privilegiado, pero no separado».

En esta apretada síntesis podemos concluir que la orquesta de Ángel D'Agostino se caracterizó por una delicada sencillez, por un muy buen repertorio, por ser bien milonguera y que tuvo en Ángel Vargas, un instrumento indisoluble del resto de la formación.

Cuando el cantor se retira de la orquesta, ésta ya no fue la misma.

Su nombre completo era Ángel Domingo Emilio D'Agostino. Nació en Buenos Aires en la calle Moreno 1626.

La música para él fue un hecho cotidiano y familiar, tanto su padre como sus tíos eran todos músicos. En su casa había un piano y éste resultó uno de sus primeros juguetes. En alguna charla con él recordaba que Manuel Aróztegui y Adolfo Bevilacqua eran habitués y que el piano no dejaba de sonar. El tango "Independencia" de Bevilacqua, sonaba en su casa con bastante anterioridad a su estreno, ocurrido en 1910.

Estudió en el conservatorio y de niño comenzó a tocar en público. Fue un trío infantil en el que también estaba su vecino de barrio, Juan D'Arienzo. Se presentaron en un pequeño teatro que funcionaba en uno de los costados del Jardín Zoológico (barrio de Palermo), y como no les pagaron perpetraron un incendio que pronto fue sofocado.

Dejó los estudios secundarios por la música. Las familias aristocráticas lo contrataban para tocar durante sus reuniones festivas. También comenzó a tocar en un local nocturno, diversos ritmos y en especial el ragtime, un ritmo de negros que había traído un pianista inglés de apellido Frederickson, al que reemplazaba cuando éste abandonaba el piano por su borrachera.

Arma su primer orquesta en 1920, de tango y jazz, es contratado por el cabaret Palais de Glace. Entre sus músicos estaba Agesilao Ferrazzano, a quien el propio D'Agostino consideraba el mejor violín que tuvo el tango.

Pese a que fue invitado varias veces, nunca salió de gira y la razón de esta actitud es una de las incógnitas de su vida.

En la época del cine mudo fue una de las orquestas pioneras que tocaba en los cines. Pasaron por sus filas: Juan D'Arienzo, Anselmo Aieta y Ciriaco Ortiz.

La primera orquesta puramente tanguera la forma en 1934, con los bandoneones de Jorge Argentino Fernández y Aníbal Troilo, el violín de Hugo Baralis (hijo) y el cantor Alberto Echagüe.

A Angel Vargas lo conoce en 1932, trabajaba de tornero y lo presenta en algunas de sus actuaciones. Recién en 1940 se consolida el binomio cuando la orquesta es contratada por el sello Victor y actúan en Radio El Mundo.

D'Agostino fue un personaje de Buenos Aires, no sólo del tango. Jugador experto y soltero empedernido, jugaba al póker en el Club del Progreso (club donde concurría la alta burguesía) y cultivó una entrañable amistad con Enrique Cadícamo. Sobre esta relación hay una curiosa anécdota que lo pinta de cuerpo entero. Cadícamo y D'Agostino se habían juramentado no casarse jamás, mujeriegos y bohemios no concebían estar encadenados a un vínculo permanente. Pero hete aquí que pasados los cincuenta años, Cadícamo incumple el pacto y se casa con una muchacha veinteañera. A partir de ese momento D'Agostino no le dirigió más la palabra.

Con la voz de Angel Vargas graba 93 temas, con Tino García 18, más un dúo con Miguel Cané, con quien graba 9 temas. También pasaron por su orquesta Raúl Lavié (2 temas), Roberto Alvar (3 temas) y con Ricardo Ruiz graba el tango "Cascabelito" que en muchos discos aparece erróneamente como cantado por Vargas.

El 16 de enero de 1991 fallece, solo, como siempre quiso, repleto de música, de amigos y del recuerdo de tantas mujeres. Una de ellas, seguramente la más famosa argentina del siglo XX, Eva Perón, le regaló un reloj despertador de diseño único, del que sólo había mandado fabricar tres piezas. Hoy ese reloj es parte de la colección del presidente del Consejo Académico de Coleccionistas Porteños de Tango, don Héctor Lucci.

Posiblemente, junto a Francisco Fiorentino, fue el modelo del cantor de la orquesta. Tanto es así que hablar de Ángel Vargas nos remite indefectiblemente a Ángel D'Agostino, el director de la orquesta de sus grandes éxitos.

Cantor de una personalidad impresionante, es el símbolo del fraseo porteño de los años cuarenta. Vargas canta como únicamente se cantó en el cuarenta.

Su fraseo era reo y compadrito pero al mismo tiempo, de un infinito buen gusto. Tenía una dulzura que disimulaba su voz pequeña pero varonil, transmitía simpatía y era sobretodo, un cantor carismático.

La dupla D'Agostino-Vargas, es a mi juicio uno de los engranajes más perfectos que nos dio el tango, sólo comparable a la de Aníbal Troilo con Fiorentino.

Su carrera comienza en los inicios de la década del treinta. Actúa en la orquesta del famoso y veterano músico Augusto Berto, con el seudónimo Carlos Vargas con la que se presentaba en algunas emisoras porteñas. En 1932 realiza algunas presentaciones con quien, tiempo después formaría el binomio del éxito: Ángel D'Agostino.

José Luis Padula, autor del famoso tango “Nueve de julio”, lo contrata en 1935 y graban dos temas, el tango “Brindemos compañero” y la ranchera “Ñata linda”. En 1938 hace algunos estribillos para la famosa Orquesta Típica Victor y al año siguiente graba dos temas con acompañamiento de guitarras, el tango “La bruja” y “Milongón”.

En 1940 comenzará su etapa fundamental al ingresar a la orquesta del pianista Ángel D'Agostino junto a quien permanecerá hasta 1946, dejando 94 temas en el disco, que constituyen verdaderas joyas del género.

Su etapa como solista la encara formando su propia orquesta, alternativamente dirigida por distintos músicos: el bandoneonista Eduardo Del Piano, el pianista Armando Lacava, y los bandoneonistas Edelmiro D'Amario, Luis Stazo y José Libertella, en total deja registrado junto a su orquesta un total de 86 temas. También hizo interesantes grabaciones con el trío de Alejandro Scarpino.

Entre sus discos se destacan las interpretaciones de los tangos “No aflojés”, “Tres esquinas”, “Ninguna” y “Muchacho”, el vals “Esquinas porteñas”, todos con la orquesta de Angel D'Agostino y, ya en su etapa solista el tango “Ya no cantas chingolo (Chingolito)” de Antonio Scatasso y Edmundo Bianchi, acompañado por su orquesta dirigida por Armando Lacava, que tiene la particularidad doble de ser su único registro en dúo con otro cantante y que además este cantante era su hermano Amadeo Lomio.

Ángel Vargas murió joven y todavía sin declinar sus condiciones interpretativas, fue sin duda uno de los más grandes artistas de nuestro tango.

 VARGAS DAGOSTINO

 




MARIANO MORES CAFETÍN DE BUENOS AIRES



Es sin duda un artista exitoso, y esto nunca estuvo en discusión. Su arte transitó cómodamente por todos los medios de difusión existentes: discos, radio, teatro, televisión y hasta el séptimo arte, el cine.

Su popularidad se extendió por todo el país y en el exterior, tuvo siempre su público. Un público que buscaba un espectáculo con características de music-hall. Una orquesta numerosa y estridente, con cantores que se brindaban a todo pulmón, bailarines, juegos de luces, algún coro y su director, hiperquinético, ora con sus dos manos sobre el teclado, ora con una sola y dirigiendo con la otra, ora alejándose del instrumento y utilizando ambas manos para conducir la orquesta. Todo al servicio del espectáculo.

Pero paradójiacmente, esta receta popular y exitosa de Mariano Mores, utilizada a lo largo de su extensa trayectoria, fue, al mismo tiempo, el motivo por el cual muchos gustadores del tango no lo aceptaran y lo criticaran por su estilo y vedetismo.

En efecto, el tanguero admirador de Aníbal TroiloOsvaldo PuglieseOsvaldo Fresedo o del mismo Juan D'Arienzo, nunca aceptó ese estilo, ni siquiera se prestó a su discusión. Era otra cosa. A Mores no se lo puede escuchar con unción, con Mores no se puede bailar, poco importaba quienes eran los cantores, era, en realidad, una orquesta para el teatro y para la televisión. Una orquesta para el espectáculo.

Lo que nadie puede negar de este músico es su talento como compositor. Como alguien dijo: «Lleva la melodía en la cabeza.»

Tuvo inspiración y también inteligencia para musicalizar letras de los más grandes e indiscutibles poetas que dio el tango.

Aunque poco reconocido, es un gran pianista, pero nuevamente su estilo lo traiciona y perjudica, sus poses y sus muecas al ejecutar el instrumento, le quitan seriedad.

No obstante, hace gala de un molde artístico donde se conjugan en exhuberante dosis, el desenfado, la simpatía, la viveza comercial y el talento, con que el destino favorece a unos pocos. Hoy se lo reconoce como un ídolo popular que representa una parte esencial de la historia del tango.

«Era el año 1936, yo tenía catorce años, y un día viajaba en tranvía por la calle Corrientes. Frente al Café Germinal estaba el Bar Vicente, en cuya puerta había un cartel solicitando un pianista que tocara música internacional, leyera a primera vista y también transportara. Fui, me tomaron una prueba y quedé, a tres pesos con cincuenta por día. En seguida entré a estudiar en la academia que dirigía Luis Rubistein y nos hicimos amigos. Allí iban a vocalizar las principales figuras de la canción y muchos otros recién iniciados. Conocí a Rodolfo Sciammarella, que me pidió que le pasara al pentagrama las notas que se le ocurrían. Tenía buen oído, era un buen letrista, pero no sabía escribir música. De esta relación nació “Salud, dinero y amor”, que originalmente era una zamba y yo la convertí en vals. Fue un gran éxito.»

Nos sigue comentando Mores que le pidió una letra a Luis Rubistein, para ponerle música: «...así nació “Gitana”, una canción de corte español, que yo nunca toqué, pero que cantó Tito Schipa y en nuestro medio, el dúo Gómez-Vila. Estaba de moda la música paraguaya, a partir de “India”, una guarania que había introducido Samuel Aguayo, y por eso escribí “Flor de hastío”, canción que le perdí el rastro y que, años después, estando en Asunción (capital del Paraguay), supe que fue un éxito, pero la consideraban de autor anónimo.»

Al poco tiempo, el director de la academia lo nombra profesor y en ese estado conoce a Margot y Mirna Moragues, de quien se enamoró. Entonces el novel profesor se integra al dúo que ellas formaban, Las Hermanas Mores, transformándolo en el Trío Mores. Actuaron en radio y diferentes escenarios, hasta que el pianista se integra a la orquesta del gran Francisco Canaro.

De esta época nos dice: «Poco antes, había hecho unos arreglos musicales para unos japoneses, música popular de ellos en tiempo de tango. Me pagaron cinco mil dólares, una fortuna. Me compré siete trajes de los mejores, siete camisas y siete de todo. Así, hecho un dandy, bajaba del tranvía en Callo y Corrientes y por esta, iba caminando hasta Florida, por la vereda de los números impares y volvía por la de los pares, haciendo pinta. La gente empezaba a preguntarse: —¿Quién es ese cajetilla?. Un día me vio Ivo Pelay y me dijo: —Vos sí que sos un buen vendedor de imagen. No cambies nunca.»

Canaro fue un padre para él, a quien llegó de la mano de Rodolfo Sciammarella, que lo presentó a Ivo Pelay, socio del director. En su formación debutó en el año 1939 en el Teatro Nacional de la calle Corrientes y se desvincula en el año 1948.

Con Luis Rubistein hizo, en 1938, el tango “No quiero” y al año siguiente su primer gran éxito: “Cuartito azul”, y al respecto nos dice: «... en realidad era un arreglo para “La cumparsita”, una introducción, pero cuando la escuchó Mario Battistela me dijo que allí había un tango. Le puso ese título por una piecita que alquilaba en la calle Serrano 2410 (barrio de Palermo), para vivir cerca de mi novia. Un día se me ocurrió pintarlo disolviendo pastillas de un blanqueador para ropa que venía en cubitos de color azul. La letra fue escrita por Battistela sobre la música. Casi siempre compuse así. Primero la música, aunque hubo excepciones.»

«Mi primera colaboración para el cine fue hacer la música de Senderos de fe, con Amanda LedesmaJuan Carlos Thorry y Pedro Maratea. Se estrenó el 26 de octubre de 1938... no resultó, y los temas compuestos los pasé al olvido.»

Actuó como galán y fue autor de la música del film Corrientes calle de ensueño, en el año 1939. También en La doctora quiere tangos, con la actriz Mirta Legrand, en el mismo año. Y finalmente en La voz de mi ciudad, con Diana Maggi, en 1953.

«Mi tango más popular es “Adiós pampa mía”, un homenaje al folklore de la llanura, un tango con ritmo de pericón y estilo. Mi mayor desilusión fue “Por qué la quise tanto”, quise que la estrenara Hugo Del Carril y no pudo ser. Después fue éxito con Miguel Montero

Es, a nuestro entender, lo mejor de su música los tangos que compuso con Enrique Santos Discépolo: “Cafetín de Buenos Aires” y “Uno”. “Cuando Enrique me conoció me dijo: «Pibe, no escribo más música, para eso estas vos. Para entregarme la letra de “Uno”, estuvo tres años, yo ya me había olvidado del tema.

«Manzi fue un gran poeta, era muy amigo de Troilo y trabaja con él. Ya enfermo lo fui a visitar un día y estaba en la cama. Me dijo: —¡Qué poco hice con vos! Me voy a morir y me voy a quedar con las ganas. No tengo consuelo”. Entonces le empecé a tararear una música que tenía, una especie de tango-malambo, y de inmediato empezó a decir: —La voz... triste y sentida, de tu canción... una lágrima tuya..., así nació un nuevo éxito “Una lágrima tuya”.»

Mariano Mores nació en el barrio de San Telmo, tiene más de 300 grabaciones. Su primer cantor fue su hermano Enrique, con el seudónimo de Lucero, y por su orquesta desfilaron muchos vocalistas: el uruguayo Mario Ponce De León, Aldo CampoamorCarlos AcuñaMiguel MonteroHugo Marcel y su hijo Nito Mores, que falleciera en 1984.

Mariano Mores es un inspirado compositor de verdaderos clásicos del tango, tanto por la calidad como por el éxito comercial de sus obras. A los ya nombrados “Cuartito azul”, “Uno”, “Por qué la quise tanto”, “Una lágrima tuya”, “Cafetín de Buenos Aires” y “Adiós pampa mía” hay que agregar “Taquito militar”, “A quién le puede importar?”, “Sin palabras”, “El firulete”, “Cada vez que me recuerdes”, “Cristal”, “Tu piel de jazmín”, “Gricel”, “En esta tarde gris” y tantos otros más. Fuente Todotango.com / Néstor pinsón y Ricardo García Blaya.


ALBERTO MARINO LA VOZ DE BUENOS AIRES



Como decía un amigo mío «Alberto Marino es un lujo para el tango». Esta exageración obedecía, seguramente, a su registro de tenor y a la influencia de la escuela italiana de canto que si bien la tuvieron varios vocalistas del tango, en el caso del Tano Marino generaba la sensación que le sobraba voz para el desafío que le presentaban las letras.

Pasaba de un potente agudo a un profundo bajo con la facilidad de los elegidos, poseía un vibrato inconfundible pero del cual no abusaba.

Sus detractores, no obstante reconocer su capacidad, le enrostran que era frío y carente de media voz.

Lo cierto es que el gran director Alfredo Gobbi lo bautizó como «La voz de oro del tango».

Debutó como cantor de orquesta en 1939 cantando en la de Emilio Balcarce utilizando el seudónimo Alberto Demari. Cuando Emilio Orlando toma la dirección de esa orquesta el cantor cambió su nombre artístico y toma el que finalmente quedará para toda su carrera: Alberto Marino.

El bandoneonista Aníbal Troilo lo escucha cantar y le hace una oferta para ingresar en su agrupación. Marino ya tenía un arreglo para ir a la orquesta de Rodolfo Biagi, pero acepta el ofrecimiento de Troilo junto a quien se desempeñó desde 1943 hasta 1947.

Para muchos fue la mejor época del cantor, sus versiones de los tangos “Tres amigos”, “Fuimos” y “Tal vez será su voz” son verdaderas joyas, entre muchas otras, de su aporte a la historia del tango.

Luego de esa etapa exitosa decidió comenzar su carrera como solista. Su primera orquesta la dirigió el violinista Emilio Balcarce, el mismo con quien había empezado en 1939. Más adelante pasa a hacerse cargo de su orquesta el bandoneonista Enrique Alessio y un tiempo después el músico uruguayo Héctor Artola.

En este período se destacan sus grabaciones de los tangos “El motivo [Pobre paica]”, “Farolito de papel” (con la letra original, en lunfardo) y “Venganza” una samba brasileña arreglado en tiempo de tango.

Hacia fines de 1949 cambia el acompañamiento por el conjunto de guitarras de Roberto Grela, grabando para el sello Odeon. El cantor y el guitarrista volverán a encontrarse hacia 1959, dejando registros de esta nueva unión.

En la década del cincuenta continuará su intensa actividad junto a numerosas orquestas como las de: Hugo Baralis, Osvaldo Manzi, Alfredo De Franco.

También en esa década realiza numerosas giras por toda Latinoamérica y Estados Unidos con las agrupaciones de Edelmiro D'Amario y César Zagnoli, entre otras.

En los años sesenta es acompañado por el conjunto de guitarras de José Canet y graba 12 registros. Como curiosidad podemos mencionar la versión de la zamba “La López Pereyra” en tiempo de tango.

A fines de la década del sesenta y durante la década del setenta siguió actuando ininterrumpidamente junto a orquestas de gran nivel como las de Miguel Caló, Armando Pontier, Carlos García, Osvaldo Requena, Alberto Di Paulo, dejando en la mayoría de los casos registros grabados.

Ya no tenía el registro de tenor, pero igual siguió brillando como un eximio barítono.

Fue admirador de Gardel y de Charlo, pero cuando uno le preguntaba sobre quien influyó en su decir y su fraseo, indefectiblemente contestaba: Antonio Rodríguez Lesende. Cantor poco conocido, cuyas grabaciones son muy difíciles de encontrar y que suman alrededor de dieciséis registros. Llegó al disco con los acompañamientos de orquestas de la importancia de Antonio Bonavena, Ricardo Brignolo, Típica Brunswick, Carlos Di Sarli y Edgardo Donato.

Alberto Marino se fue de repente, todavía con la garganta entera, dejando un recuerdo imborrable en todos los que admiramos el brillo y la sonoridad de su voz de oro. Fuente : Todotango.com comentario, Ricardo García Blaya.



OSVALDO PUGLIESE LA YUMBA



Su padre, Adolfo, obrero del calzado, intervenía como flautista aficionado en cuartetos de barrio que cultivaban el tango. Dos hermanos mayores tocaban violín: Adolfo Salvador Vicente (Fito), y Alberto Roque, más consecuente que el primero y por muchos años ligado a la música. A Osvaldo fue el padre quien le impartió las primeras lecciones de solfeo, y comenzó a balbucear con el violín también, pero pronto se inclinó por el piano, aunque don Adolfo tardó cierto tiempo en comprar el costoso instrumento. Tras formarse en conservatorios de la vecindad, a la edad de 15 años se inició profesionalmente en el llamado Café de La Chancha, así bautizado por los parroquianos en alusión a la poca higiene del dueño.

Poco después, ya en un conocido café del Centro de Buenos Aires, integró el conjunto de la primera mujer bandoneonista que tuvo el tango, Paquita Bernardo. Ascendiendo en su carrera, Osvaldo se incorporó al cuarteto de Enrique Pollet, luego a la famosa orquesta de Roberto Firpo, y en 1927 ya era pianista de la orquesta del gran bandoneonista Pedro Maffia, de la que se desvinculó, junto al violinista Elvino Vardaro, para formar un conjunto a nombre de ambos, que se sabe fue de avanzada, pero del cual no han quedado grabaciones.

Vardaro-Pugliese debutaron en el café Nacional, para emprender luego una extensa gira por el interior del país. Los acompañaba como representante–gerente el poeta Eduardo Moreno, autor de la letra del tango “Recuerdo”, el más célebre de los firmados por Pugliese, y también, propuesta por Moreno, la cancionista Malena de Toledo. La gira fue un fracaso económico, y Vardaro debió empeñar su arco Sartoris para pagar los pasajes de regreso.

Pugliese se asoció luego con otro violinista, Alfredo Gobbi, formando un conjunto, uno de cuyos bandeonistas era el jovencísimo Aníbal Troilo. Aquello duró pocos meses, tras lo cual formó su primer elenco propio al lograr la oportunidad de actuar en un par de locales. Posteriormente integró dos dúos, primero con Gobbi y luego con Vardaro, para actuar en emisoras de radio. En 1934, cuando el bandoneonista Pedro Laurenz —ex De Caro, como Maffia— formó orquesta, Pugliese ocupó el piano, ocasión en que escribió los primeros arreglos sobre un par de tangos, entre ellos “La beba”, que le pertenece. En 1936, integró el conjunto del bandoneonista Miguel Caló, aún enrolado en la tendencia decareana, y de esta manera fue encauzando sus ideas estéticas sobre el tango. Hasta 1938 formó Pugliese nuevas agrupaciones que no se consolidaron, e intentó sin éxito estructurar una cooperativa de trabajo, como expresión de sus ideas comunistas.

Su definitiva proyección hacia el tango que pretendía se inició el 11 de agosto de 1939, al presentarse de nuevo en el café Nacional. Amadeo Mandarino era el cantor de su debutante orquesta. Luego de un tiempo rearmó el conjunto, ya con Augusto Gauthier como vocalista. Pugliese era director, pianista y arreglador de ese conjunto, que, esa vez sí, funcionaba como una cooperativa. Desde un café del barrio de Villa Crespo saltaron a la radio más importante del momento, El Mundo, gestándose una importante hinchada que los seguía, compuesta por fanáticos de su estilo y adeptos al Partido Comunista.

La continuidad en la labor le permitió afianzar su concepción, apoyado en el aporte de compañeros suyos como el contrabajista Aniceto Rossi, tan importante para darle el sentido rítmico que necesitaba. Fundamental fue el bandoneón de Osvaldo Ruggiero, quien permaneció junto a Pugliese hasta 1968, profundamente consustanciado con el director. Y otro tanto puede decirse del violinista Enrique Camerano, nacido —dijo alguien— para tocar con Pugliese. Este se afirmaba como el más fiel exponente del estilo decareano, pero con una rotunda marcación rítmica, atractiva para el bailarín sin por ello sacrificar calidad.

De suma importancia, para cuando su orquesta llegó al disco en 1943, fue la aparición de Roberto Chanel, cantor recio, de voz nasal y estilo compadrito que dejó 31 grabaciones. Buscando un vocalista contrastante, Pugliese incorporó luego a Alberto Morán, dramático y sensual, de rara aptitud para la media voz y perfecto acople con el acompañamiento orquestal. Su atractivo para las mujeres no fue igualado por ningún otro cantor. Quedaron de Morán 48 obras grabadas. Apenas 8 registró a su vez, entre 1949 y 1950, Jorge Vidal, otra de las voces importantes en la historia de esta orquesta. Entre los cantores posteriores sobresalieron, aunque con repertorios de irregular calidad, Jorge Maciel y Miguel Montero.

Dentro de la década del '40, Pugliese grabó algunos temas instrumentales propios con los que se anticipó a la vanguardia. Es el caso de “La yumba” (convertido en algo así como el himno de su orquesta), “Negracha” y “Malandraca”. Por estos dos últimos se lo considera un precursor en el empleo de la síncopa y el contrapunto, adelantándose a Horacio Salgán y Astor Piazzolla. Otros importantes tangos que Pugliese escribió e interpretó son, ante todo, el mencionado “Recuerdo”, y “La beba”, “Adiós Bardi”, “Recién”, “Barro”, “Una vez” y “El encopao”.

Por años, la orquesta de Osvaldo Pugliese estuvo prohibida para la radiodifusión, como medida de censura política, pero ello no logró mermar su popularidad. Fuente Todotango.com comentario: Néstor Pinsón


LA YUMBA 👄
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