ROBERTO RUFINO EN LAORQUESTA DE CARLOS DI SARLI




Escuchar a Roberto Rufino entonar “María” o “La novia ausente” o “Malena” o cualquiera de los tangos que había elegido para su repertorio, era advertir que ese tango iba desgranándose de a poco y que las palabras surgían por separado, sin dejar de integrar el todo que las reunía, con la fuerza propia que debían tener en su contexto.

Rufino fue eso: un decidor, un fraseador, un intérprete que sabía perfectamente cual era el mensaje de lo que estaba cantando.

Nació el seis de enero de 1922, en Agüero 753 —pleno barrio del Abasto—, hijo de Lorenzo Rufino y Agustina Guirin, aunque en su partida de nacimiento figura el día en que fue inscripto, el 8 de ese mes y año. Poco más allá, en Agüero y Guardia Vieja, estaba el café O'Rondeman, donde supo soltar sus primeros gorjeos Carlos Gardel. ¿Una premonición? Quizá, porque también Rufino se inició en el viejo café de su barrio, que todavía regenteaban los hermanos Traverso. Pero la coincidencia va más allá: en el mismo año, 1935, fallecieron su padre y Gardel. Y en 1936, a los pocos días de haber pasado por Corrientes el cortejo que llevaba a Carlitos a su morada final, debutó profesionalmente El pibe del Abasto —como se lo llamaba desde los días del O'Rondeman; también le decían El pibe Terremoto— en el Café El Nacional, como vocalista de la típica de Francisco Rosse, para pasar, poco después, al Petit Salón, con la orquesta de Antonio Bonavena, autor de “Pájaro ciego” y tío del futuro boxeador.

A Bonavena siguieron, en la carrera artística de Rufino, las orquestas de El Cieguito Camilo Tarantini, de José Felipetti, (Natalín) —el del vals “Pabellón de las rosas”— y de Anselmo Aieta.

Ya el destino fijado por don Lorenzo había quedado definitivamente atrás: en esa época abandonó su bachillerato en tercer año. El tango sería su único destino.

Pero estamos aún en la prehistoria del cantor y 1938 será el año clave. Carlos Garay, representante de Carlos Di Sarli, lo oyó cantar el tango de Di Sarli y Enrique Carrera Sotelo“Milonguero viejo”, se lo hizo saber a su representado y éste lo incluyó en su orquesta, con la que el cantor accedió al disco el 11 de diciembre de 1939, con el tango “Corazón”, de Di Sarli y Héctor Marcó. La fama ya lo había tocado con su varita mágica y «a los 21 o 22 años, tenía un historial discográfico sin precedentes», señala el periodista Jorge Sturla.

En efecto, llegó a grabar, junto a Di Sarli, cuarenta y seis páginas. Entretanto, tuvo dos breves paréntesis, con las orquestas de Alfredo Fanuele (1941) y Emilio Orlando (1942), para retornar con El Señor del Tango, en 1943.

Un año más tarde, se desvinculó de la orquesta que lo lanzó a la popularidad; era tiempo ya de probar suerte como solista. Debutó en calidad de tal, acompañado por su orquesta, que puso bajo la batuta de Atilio Bruni, en Radio Belgrano, donde se lo llamó El Actor del Tango.

Posteriormente, dirigieron su agrupación acompañante Alberto Cámara —con quien grabó su primer disco como solista, para el sello uruguayo Sondor en 1945— y Porfidio Díaz, con la que registró el segundo disco, en la Victor chilena (1946).

Entre 1947 y 1950, volvió a convertirse en vocalista de orquesta ajena, las que dirigían Francini-Pontier y Miguel Caló, para continuar en calidad de solista entre 1952 y 1954. Durante los dos años siguientes, fue cantor de Roberto Caló, y luego siguió como solista, salvo breves intervenciones con algunos directores, como Enrique Francini (1957), Armando Pontier(1961-1962), Aníbal Troilo (1962-1965) y Miguel Caló (1966, para registrar un larga duración).

Resulta curiosa la breve labor de Rufino como cantante melódico, bajo el seudónimo de Bobby Terré, con el que, puede decirse, no quedó precisamente en la historia. Como tal realizó grabaciones entre 1957 y 1960, alternando con su propio nombre como tanguero. Sus actuaciones en la sala mayor de Radio El Mundo, con la asistencia de público, fueron ocultadas tras una máscara, de modo que se lo presentaba como El Enmascarado Bobby Terré; no era cuestión de «avivar a la gilada».

Tuvieron repercusión en su época sus interpretaciones de “Adiós adiós adiós”, “El teléfono”, “Vuelve amor” y “La luna y el sol”. Pero eso fue todo. Terré volvió a ser Rufino y Rufino no volvería a alejarse del tango.

Una tarea menos difundida que la de cantor, aunque no por ello ignorada, fue la de compositor y letrista. Es autor de numerosas obras, como “Muchachos arranquemos para el centro”, “Eras como la flor”, “Cómo nos cambia la vida”, “Calla”, “Destino de flor”, “Dejame vivir mi vida”, “La novia del suburbio”, “Soñemos”, “Tabaco rubio”, “El clavelito”, “No hablen mal de las mujeres”, “Los largos del pibe”, “En el lago azul”, “Carpeta”, “El bazar de los juguetes”, “La calle del pecado”, “Julián Tango”, “Manos adoradas”, “Porque te sigo queriendo”, “¡Qué quieren, yo soy así!”, “Boliche”, etc. Entre sus colaboradores autorales —músicos y letristas— se contaron Roberto Casinelli, Manolo Barros, Mario César ArrietaMarvilRoberto Caló, Cholo Hernández, Julio NavarrineHéctor MarcóHoracio SanguinettiReinaldo YisoÁngel Cabral, Alberto L. Martínez, Alejandro Romay y otros.

Sus últimos años fueron de incansable actividad; daba la sensación de ser eterno. Pero los años no transcurren en vano, y sus presentaciones finales resultaban ya patéticas, con un público que seguía siéndole fiel y hasta llegaba a soplarle cariñosamente las letras cuando las olvidaba, en un inútil esfuerzo de ver en él al cantor que había sido.

Por otra parte, cada vez que pisaba un escenario parecía imposible poder bajarlo de él; era como si quisiera aferrarse para siempre al espectáculo y a la presencia de su hinchada. Con todo, en 1997 se hizo justicia: fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, y en 1998, Ciudadano Ilustre de la Cultura Nacional. Era la culminación de su trayectoria; una culminación, sin duda alguna, merecida.

El 24 de febrero de 1999, su corazón dejó de latir en la sala de terapia intensiva de la Fundación Favaloro. El 25 por la mañana, el pueblo despidió sus restos en el Cementerio de la Chacarita, entonando aquel tango que tantas veces su modo de decir había desgranado palabra por palabra, como para que no se perdiera el sentido de lo que había escrito el autor: «Malena canta el tango como ninguna...». Acaso sólo faltó una cosa, haber dicho Rufino en lugar de Malena. Fuente Todotango.com comentario Roberto Selles

Originalmente publicado en el fascículo 34 de la colección Tango Nuestro editada por Diario Popular.


ROBERTO RUFINO

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