LOS TANGOS DE ENRIQUE SANTOS DISCEPOLO



Hace unos años, en su ensayo Les Assassins de la Mémoire —un agudo estudio sobre el revisionismo neonazi en la Europa contemporánea—, el escritor francés Pierre Vidal-Naquet reprodujo la letra de “Cambalache”, el tango emblemático de Enrique Santos Discépolo. ¿Una cita descabellada? ¿Acaso un rasgo de exotismo de un intelectual en busca de oxígeno fuera del ámbito de la cultura europea? Según lo confesaría el autor, Discépolo cayó en sus manos a través de unos amigos latinoamericanos. Y él decidió incluirlo en un libro que nada tenía que ver con el tango. La imagen del cambalache como escenario del azar insolente, de la confusión de valores y la desacralización le pareció la más adecuada para sellar su texto de denuncia.

No fue aquella la primera vez que la obra de Discépolo despertó interés en el campo del pensamiento. El español Camilo José Cela lo incluyó entre sus poetas populares preferidos y Ernesto Sábato no ha dudado en identificarse con la filosofía pesimista de quien supo escribir en “Qué vachaché”: «El verdadero amor se ahogó en la sopa». Muchos años antes de estas reivindicaciones, los poetas lunfardos Dante Linyera y Carlos de la Púa definieron a Discépolo como a un autor con filosofía. Otro escriba de Buenos Aires, Julián Centeya, al reseñar unos de sus filmes, habló de «filosofía en moneditas», a la vez que arriesgaba una analogía —sin duda desmedida— entre Discépolo y... Carlitos Chaplin.

A diferencia de otros creadores populares que desplegaron su talento de modo instintivo y un tanto naif, para luego ser reivindicados por futuros exégetas, Discépolo fue siempre consciente de sus aportes. Podría incluso asegurarse que toda su producción artística está articulada por estilo común, un cierto aire o espíritu discepoliano que la gente reconoce inmediatamente, con afecto y admiración, como si su obra —más de una vez definida como profética— expresara el sentido común de los argentinos. La singularidad de Discépolo sigue inquietando, tanto dentro como fuera del universo del tango. Mientras la mayoría de sus coetáneos hoy suena extraña para las nuevas generaciones, el hombre que escribió y compuso “Cambalache” persiste, está vigente. O para decirlo con una de sus imágenes preferidas: sigue mordiendo.

Enrique se formó viendo teatro de la mano de su hermano Armando, el gran dramaturgo del grotesco rioplatense, y poco después se sintió atraído por las artes populares. Llegó al tango después de haber probado, con suerte dispar, la autoría teatral y la actuación. En 1917, debutó como actor, al lado de Roberto Casaux, un capo cómico de la época, y un año más tarde firmó junto a un amigo la pieza Los Duendes, mal tratada por la crítica. Luego levantó la puntería con El Señor Cura (adaptación de un cuento de Maupassant), Día Feriado, El Hombre Solo, Páselo Cabo y, sobre todo, El Organito, feroz pintura social bosquejada junto a su hermano, al promediar los años 20. Como actor, Discépolo evolucionó de comparsa a nombre de reparto, y se recordaría con entusiasmo su trabajo en Mustafá, entre muchos otros estrenos.

Si bien los mundos del teatro y el tango no estaban divorciados en la Argentina de Yrigoyen y Gardel, la decisión de Discépolo de convertirse en un autor de canciones populares fue resistida por el hermano mayor —Armando se había hecho cargo de la educación de Enrique después de la temprana muerte de los padres—, y no puede decirse que las cosas le hayan sido fáciles al debilucho y tímido Discepolín. Una tibia influencia familiar (Santo, el padre, fue un destacado músico napolitano establecido en Buenos Aires) puede haber sido una primera señal hacia el arte combinado de la organización sonora y la letrística, pero la revelación no fue inmediata. Por el contrario, tanto el insípido “Bizcochito”, su primera composición hecha a pedido del dramaturgo Saldías, como el notable y revulsivo “Qué vachaché”, editado por Julio Korn en 1926 y estrenado en un teatro de Montevideo bajo una lluvia de silbidos, fueron un mal comienzo, o al menos eso se creyó en el Buenos Aires que aclamaba los tangos de Manuel RomeroCeledonio Flores y Pascual Contursi.

La suerte del obstinado autor cambió en 1928, cuando la cancionista Azucena Maizani cantó en un teatro de revistas“Esta noche me emborracho”, un tango de ribetes horacianos (por el Horacio de las Odas) y tópico netamente rioplatense: aquella vieja cabaretera que el tiempo trató con impiedad. Días después del estreno, los versos de aquel tango circularon por todo el país. Los músicos argentinos de gira por Europa lo incluyeron en sus repertorios, y en la España de Alfonso XIII la composición gozó de gran popularidad. Había nacido el Discépolo del tango. Ese mismo año, la actriz y cantante Tita Merello retomó el antes denostado “Que vachaché” y lo puso a la altura de “Esta noche me emborracho”. Finalmente, 1928 sería el año del amor para un intelectual cargado de inseguridades. Tania, una cupletista española radicada en Buenos Aires que se revelaría como una muy adecuada intérprete de sus tangos, acompañaría a Discépolo el resto de su vida.

En una época en la que la autoría y la composición estaban claramente diferenciadas en el marco de las industrias culturales, Discépolo escribía letra y música, aunque esta última era imaginada con apenas dos dedos sobre el piano, para luego ser llevada al pentagrama por algún músico amigo (generalmente Lalo Scalise). Esta capacidad doble le permitió a Discépolo trabajar cada tango como una unidad perfecta de letra y música. Con un agudísimo sentido del ritmo y de la progresión dramática, con un gusto melódico impecable (Carlos de la Púa lo definió como un Pulgarcito Filarmónico), Discépolo se las ingenió para hacer de sus breves y muchas veces violentas historias una auténtica comedia humana rioplatense. Abandonó gran parte de la influencia modernista que hacía estragos en otros letristas (Rubén Darío fue el héroe literario de cientos de poetas argentinos, durante muchos años) y tradujo al formato menor de la canción, ciertas ideas dominantes de la época: el grotesco teatral, el idealismo crociano, el extrañamiento pirandelliano.

La proliferación de ideas en cada letra hallaba en el humor socarrón y en el lirismo de la música un cierto equilibro, una compensación sensorial, un modo de decir cosas en y a través del tango. Ningún otro autor llegaría tan lejos.

Desde luego, el hecho de que Carlos Gardel grabara casi todos sus primeros tangos ayudó en gran medida a la difusión y legitimación de Discépolo como autor y compositor de un género lleno de autores y compositores. En ese sentido, la versión gardeliana del 10 de octubre de 1930 de “Yira yira” figura entre los grandes momentos de la música argentina. La intensidad de la grabación, en la que no hubo recursos teatrales especiales y el cantante evitó todo énfasis innecesario, está dada por la inmediatez de la expresión gardeliana. No hay preámbulos instrumentales que familiaricen al oyente con el material, más allá de una apretada introducción de los guitarristas que exponen el estribillo con los trémolos y fraseos de bordonas típicos de los acompañamientos de la época. La línea melódica, con sencillez engañosa irrumpe de golpe, con una fuerza que excluye la queja.

Yira yira” fue escuchado e interpretado como una denuncia cargada de escepticismo. El militante ridiculizado en “Que vachaché” vuelve a la carga, pero esta vez respaldado por una crisis material profunda. Ahora, el engrupido que se resistía a creer que «el verdadero amor se ahogó en la sopa» ocupa el lugar de la voz cínica. Los principios han sido trocados por la realidad. Es el triunfo del descrédito, pero ya sin el cinismo —y mucho menos el grotesco— de unos años antes. El personaje de “Yira yira” confió en el mundo, y este lo defraudó. Como en otros tangos de Discépolo, la letra cuenta una caída, un desalmado amanecer: ya no hay espacio para el engaño y la impostura. (Desde esta perspectiva, no están del todo equivocados quienes han visto en Discépolo a un moralista decepcionado por la modernidad, aunque tal vez sea mucho más que eso).

La línea que empieza con “Qué vachaché” y madura en “Yira yira” se continúa en los tangos “Qué sapa señor”" y, en 1935, “Cambalache”. Pero no es este el único estilo del arte compositivo de Discépolo. Este supo ser romántico en el vals “Sueño de juventud”, burlón en tangos cómicos como “Justo el 31” y “Chorra”, expresionista en “Soy un arlequín” y “Quién más quién menos”, pasional en “Confesión” y “Canción desesperada” y un tanto nostálgico y elegíaco en “Uno” y “Cafetín de Buenos Aires”, ambas creaciones escritas conjuntamente con Mariano Mores. No fue tan prolífico como Enrique Cadícamo, y una parte considerable de sus creaciones carece de interés. Es indudable que la variedad musical de Discépolo tuvo que ver con sus inquietudes teatrales y cinematográficas. Su puesta de Wunder Bar y sus películas más conocidas —Cuatro CorazonesEn la Luz de una Estrella— dieron a conocer canciones —algunas casi olvidadas— que el director y actor escribió con su sentido programático.

Enrique Santos Discépolo nació en el barrio porteño del Once, y murió en el departamento céntrico que compartía con Tania. Su compromiso con el peronismo, hecho público a través de su breve y fulminante participación en un discutido programa de radio, lo distanció de varios de sus viejos amigos. Dos años después de su muerte, cuando las trincheras políticas ya no lo necesitaban pero varios de sus tangos seguían golpeando en la conciencia colectiva, Discépolo fue recordado por el escritor Nicolás Olivari en una nota memorable. Allí Olivari aseguraba que el autor de “Yira yira” había sido el perno del humorismo porteño, engrasado por la angustia. En cierto modo, aquella era una definición discepoliana.

Fuente www.todotango.com



CD 1 OK

CD 2 OK


MARÍA GRAÑA MARÍA


Supe de la existencia de María Graña en 1971 cuando mi amigo Ben Molar me alcanzó su larga duración Los de siempre, que contenía catorce tangos inéditos, compuestos por creadores notables del género y cantados por vocalistas desconocidos, salvo un par de excepciones. Entre estos noveles cantantes me llamó la atención una chica llamada María Carmen Graña con el tema “Y nunca más tu amor”, de Francisco Pracánico y Leopoldo Díaz Vélez.

María Graña vio la luz en Buenos Aires y desde muy chica sintió la pasión por el canto. A los doce años comienza a estudiar con la profesora Elvira Aquilano, con quien prosigue durante diecisiete años.

En 1970, se presentó en un concurso del programa televisivo Canta el pueblo, en Canal 7, donde cantó “La canción de Buenos Aires” y el jurado le adjudicó el primer premio.

Su nombre llega a oídos del maestro Osvaldo Pugliese quien ya la conocía y la convoca para integrar su orquesta junto a su otro cantor Abel Córdoba. Debuta en el club nocturno Michelangelo, en 1973. Su calidez, su personalidad seductora y comunicativa, una manera sobria y aguerrida de interpretar el tango hicieron que en pocos instantes el público se identificara con ella. También actúan en el Canal 11.

Es una lástima que don Osvaldo y María no hayan dejado grabaciones como testimonio de aquella dupla. Las obras que María interpretaba con Pugliese eran: “Nostalgias”, “Volver”, “Amar amando” y “La canción de Buenos Aires”.

En 1975, la cantante viajó a Colombia integrando una embajada tanguera con Mario BustosArgentino Ledesma y otros. Actuaron en las más elegantes salas de Bogotá, Medellín y en la Plaza de Toros de Manizales. Tan grande fue el éxito logrado por María que la empresa grabadora Codisco la contrató para registrar su primer long play como solista, que se tituló La gran tanguista y en el que estuvo acompañada por un grupo de músicos argentinos y colombianos. En esa producción se destacan los tangos “Canción desesperada” y “Garras” y el vals “Flor de lino”.

Ese mismo año fue a Brasil y a otros países sudamericanos y cuando se le preguntó por el motivo de su éxito, ella contestó: «Yo no puedo explicar eso. El único que podría hacerlo es el público. Yo sólo sé que soy una cantante que cultiva un estilo melódico, con algunos detalles gardelianos. Creo haber aportado al tango una sensibilidad marcadamente femenina».

La televisión fue siempre el medio de comunicación más directo para la popularidad de la cantante. Fue figura infaltable en los programas: El tango del millónBuenas noches Buenos Aires y Tango Club de Canal 11 y de Grandes valores del tangoen el Canal 9.

En 1977, fui llamado por Canal 7 para escribir y coordinar un programa titulado Amistangos, con la conducción de Héctor Larrea. Los músicos y cantantes serían rotativos, salvo María Graña que tendría que actuar con más asiduidad. Lo mismo ocurrió con dos grandes espectaculares que realicé por el mismo canal. Uno se tituló Los poetas del tango y el otro Siete décadas de tango. En los dos tuve la suerte de contar con ella. También la noche de Buenos Aires fue escenario de su voz, en las mejores casas de tango: Michelangelo, Caño 14, El Viejo Almacén y otras.

En ese mismo año 77, graba un larga duración para el sello M&M, acompañada por una orquesta dirigida por el bandoneonista Juan Carlos Bera. Los temas “Y te parece todavía”, “Nostalgias”, “El último escalón” y “Cien guitarras”, estaban entre los doce que conformaban el disco. El comentario del disco estuvo firmado por Pugliese, quien entre otras cosas dice: «...sus interpretaciones demuestran sensibilidad en los distintos momentos emotivos que exigen la letra y la música; la calidad, la calidez y la seguridad de su voz, en los distintos registros, obedece a la perseverancia en el estudio, camino ineludible que deben imitar todos aquellos que están y que ingresan en el cancionero popular».

Entre 1978 y 1981, su labor en televisión fue intensa. Quiero rescatar su participación en un programa que fue un verdadero hito dentro de las producciones tangueras, por su buen gusto, su escenografía, su vestuario y la selección de los artistas: La Botica del Ángel, creado y conducido por Eduardo Bergara Leumann.

En diciembre de 1981 es invitada por Pugliese para intervenir en un álbum junto a diez voces jóvenes del tango, en el sello Emi-Odeón. El tema elegido: “Y no puedo olvidarte”, de Armando Cupo y Abel Aznar.

En 1982, graba para el sello CBS-Columbia un disco con diez temas con la participación especial de Jorge Falcón y Guillermo Fernández para cantar dos canciones a dúo, “El día que me quieras” con el primero y “La flor de la canela” con el segundo. En esa producción se incluyó “Caserón de tejas”, que hasta ahora acompaña a María en todas sus presentaciones. La dirección musical estuvo a cardo del maestro Martín Darré.

El año culmina con la obtención del Premio Prensario, a la mejor cantante de tangos.

Al año siguiente, en el mes de septiembre, participa en el debut en Paris del espectáculo Tango Argentino, que dirigían los coreógrafos Claudio Segovia y Héctor Orezzoli. Aquel primer elenco estaba integrado por el Sexteto Mayor, el Dúo Horacio Salgán-Umberto De Lío, los cantantes Roberto GoyenecheRaúl LaviéMaría GrañaJovita LunaElba Berón y Alba Solís. La coreografía la hacía Juan Carlos Copes. El espectáculo continúa en diferentes ciudades de Italia y vuelve a Paris en 1984.

De nuevo como solista viaja a Canadá en 1985 , donde actúa en varias ciudades y luego va a Nueva York para cantar durante quince días en el City Center. El diario New York Times la llamó «La Judy Garland del Tango».

Luego vendrá un nuevo disco con la empresa CBS-Columbia, esta vez con la dirección musical de Raúl Plate, en el que se destacan “La noche que te fuiste” y “Cornetín” entre otros.

En esta época ya no integraba el elenco de Tango Argentinodebido a sus compromisos como solista. Sin embargo volvió a formar parte en 1991, con motivo de la presentación del espectáculo en el The Aldwych Theatre de Londres.

De aquí en más, nos obligaría a escribir decenas de páginas seguir comentando la importante trayectoria de María Graña, por tal motivo y someramente, destacamos su producción con Horacio Ferrer titulada Graña con Ferrer, que se realizara en un teatro del complejo La Plaza de Sarmiento y Montevideo. Su participación en 1993 en el Teatro Cervantes, como invitada especial de la Orquesta Nacional de Música Argentina «Juan de Dios Filiberto». Su nuevo disco en 1995, producido por su marido, hoy desaparecido, Mochín Marafioti y en donde participan importantes figuras de la música y el canto: Juanjo Domínguez, Mercedes Sosa, Oscar Cardozo Ocampo, el Sexteto Mayor, Valeria Lynch, entre otros.

A fines de 1996, integra una delegación a Francia junto al cantante Jairo, el bandoneonista y director Raúl Garello y otros artistas y el 1 de enero de 1997 realizan un homenaje a Gardel en su propia tierra, en la ciudad de Toulouse.

Por suerte para todos los que amamos el mejor tango, hoy seguimos gozando con el arte de esta estupenda cantante y a manera de despedida, quiero recordar la frase que escribió Libertad Lamarque en la contratapa de uno de sus discos: «María...el tango te necesita así... ¡Perfecta!» fuente todotango.com por Jorge Palacio (faruk)


MARÍA

EDMUNDO RIVERO EN LUNFARDO



Este gran artista, representa un caso singular en la extensa galería de cantores de tango. El registro de bajo, que contenía su voz, era una verdadera rareza en el género y, a la vez, algo poco apreciado por la pléyade tanguera, acostumbrada a los barítonos y tenorinos. Sin embargo, la afinación y los coloridos matices de su fraseo, sumado todo ello a un sentimiento y estilo criollo con reminiscencias gardelianas, lo hicieron un favorito del público y, al mismo tiempo, el primer caso de una voz gruesa imponiéndose en un momento de extraordinarios vocalistas.

También fue importante su formación y desarrollo musical. No fue un improvisado y menos un intuitivo, fue un estudioso que se inició con la música clásica, con el rigor de las academias, la disciplina y el estudio.

Nació en el barrio bonaerense de Valentín Alsina. Sus padres, Aníbal y Anselma, inculcaron a sus hijos, desde la cuna, el amor por la música. Se crió en el barrio porteño de Saavedra y pasó su adolescencia en Belgrano.

De muy joven comenzó el estudio de canto en el conservatorio nacional y más tarde el de guitarra.

La primera presentación la realizó a dúo con su hermana Eva en Radio Cultura. En esta misma emisora fue contratado para formar parte del conjunto que acompañaba a las ocasionales figuras que hacían su presentación en ella. Asimismo, mostró sus dotes de guitarrista tocando en presentaciones teatrales un repertorio de música clásica española.

Su debut como cantor sucedió en forma imprevista, ya que tuvo que reemplazar al artista que debía actuar en Radio Splendid y al cual Rivero acompañaba.

La primera orquesta que contrató a El Feo fue la de José De Caro, lo cual le posibilitó acercarse a Julio De Caro, quien le propuso ser su cantor en los tradicionales carnavales del Teatro Pueyrredon de Flores. Mas tarde debutó en la orquesta de Emilio Orlando y, a comienzos de los cuarenta, lo hizo en la de Humberto Canaro.

En esta década ocurrieron, en la vida de nuestro querido artista, dos acontecimientos fundamentales, con dispares resultados. Hacia 1944 es convocado por el pianista Horacio Salgán para participar en su orquesta, en la que estuvo hasta 1947. De este periodo no quedaron registros, ya que los empresarios discográficos le dieron la espalda tanto a la avanzada concepción del tango de Salgán como al inusual registro vocal de Rivero. Ambos se dieron el gusto de grabar en las décadas siguientes, ya siendo artistas consagrados.

El segundo acontecimiento es el que lo lanza definitivamente a la fama, cuando es convocado por Aníbal Troilo para formar parte de su gran orquesta, en reemplazo de Alberto Marino. En los tres años que participó Rivero en la orquesta de Pichuco dejó más de una veintena de grabaciones, en algunas de las cuales cantó a dúo con Floreal Ruiz y con Aldo Calderón. En esta etapa el gran cantor pasó a ser sinónimo de tangos como “El último organito”, “La viajera perdida”, “Yo te bendigo”, pero fundamentalmente del tango de Homero Manzi y Aníbal Troilo, “Sur”.

En el año 1950, comienza su etapa como solista, siendo acompañado por un conjunto de guitarras que estaba integrado por Armando Pagés, Rosendo Pesoa, Adolfo Carné, Achával y Milton, en otras ocasiones fue acompañado por la orquesta de Victor Buchino.

En la dilatada carrera artística de Edmundo Rivero no faltó su participación en varias películas, entre las que se destacan: El cielo en las manos (1950), en la cual interpreta el tango homónimo de Homero Cárpena y Astor Piazzolla, acompañado por la orquesta de este último. El film Al compás de tu mentira(1950), donde canta “No te engañes corazón” de Rodolfo Sciammarella, acompañado por guitarras. Después La Diosa Impura, en el que interpreta “Sin palabras” de Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores, y participa en la famosa película Pelota de cuero, de Armando Bó, entre otras.

Hacia 1965, fue elegido para interpretar las poesías de Jorge Luis Borges, musicalizadas por Astor Piazzola y llevadas al disco titulado El Tango. En el mismo participaba el actor Luis Medina Castro recitando obras del poeta. Este espectáculo fue presentado en teatros de todo el país y del Uruguay.

A fines de la década del 60, lo acompañó el conjunto de guitarras dirigido por Roberto Grela y que estaba integrado por Rafael Del Pino, Héctor Davis, Héctor Barceló, Rubén Morán y Domingo Laine. De esta sociedad quedaron inolvidables registros discográficos, como por ejemplo “Packard”, “Falsía”, “Poema número cero” y “Atenti pebeta”, verdaderas joyas del género.

Incursionó en el arte de la escritura por medio de dos libros: Una luz de almacén y Las voces, Gardel y el tango. Hubo un tercer libro que quedó trunco por la desaparición física de nuestro artista, el cual presentaba un profundo estudio sobre el lenguaje y la poesía lunfarda.

Fue compositor y autor de varios temas, y algunos tangos al modo reo y lunfardo. “No mi amor”, “Malón de ausencia”, “A Buenos Aires”, “Falsía”, “Quién sino tu”, “Arigato Japón” y “El jubilado”. Compuso también: “Pelota de cuero” (con Héctor Marcó), “Biaba” (Celedonio Flores), “La señora del chalet”, “Poema número cero” y “Las diez de última” (los tres con Luis Alposta), “Calle Cabildo” (D. De Biase), “Acuérdate” (José María Contursi), “Todavía no” (Eugenio Majul), “Aguja brava” (Eduardo Giorlandini), “Amablemente” (Iván Diez), “Coplas del Viejo Almacén” (Horacio Ferrer), “Milonga del consorcio” (con Arturo de la Torre y Jorge Serrano)y “P'al nene” y “Bronca” (con Mario Battistella), entre otras.

En el año 1969, se da el gusto de inaugurar su propia casa de tango: El Viejo Almacén. Por ella desfilaron innumerables figuras nacionales e internacionales y ocurrieron interesantes episodios como escuchar a Rivero acompañado por la orquesta de Osvaldo Pugliese, o una noche cualquiera ver entre los concurrentes a Joan Manuel Serrat, gran admirador del cantor.

El 18 de enero de 1986, luego de permanecer internado desde diciembre, por un problema cardíaco fallece en Buenos Aires a los 74 años de edad.

Fue un cantor distinto, genial, adornado por una personalidad afable y señorial que lo hizo querido por todo el ambiente artístico y, lo que es más importante, por un público que lo recuerda y lo admira en cada uno de sus registros. Fuente Todotango.com por Fernando Pastor.


EN LUNFARDO

EINO GRÖN TANGO FINLANDES




Eino Grön es como el Carlos Gardel de Finlandia: el clásico indiscutido.Como diría la cantante Patricia Barone, mientras los argentinos cantamos con la boca, los finlandeses lo hacen con la garganta. Por eso no es raro que algunos de los aspirantes a rey y reina del gran festival anual de tango de Seinäjoki terminen cantando ópera.Pero Grön no es uno de esos tenores. El cantó tango y sigue cantando tango. Ya ha hecho giras a Buenos Aires e incluso ha grabado con Leopoldo Federico. Por eso ocupa justamente el lugar de clásico en la programación de Seinäjoki (a unos 350 kilómetros de Helsinki, declarada ciudad hermana de Buenos Aires), el festival de tres días al que concurren unas 100 mil personas cada año a mediados de julio.


ENRIQUE RODRIGUEZ GRANDES EXITOS



Este singular músico es un fiel continuador de la línea del tango rítmico y tradicional de Edgardo Donato y Juan D'Arienzo.

Denostado por los vanguardistas y alabado por los bailarines, su orquesta gozó de una gran popularidad en los años cuarenta y cincuenta, tanto en Argentina como en el resto de América.

Su estilo rompió el molde de las formaciones de su época, porque incursionaba en todos los géneros, introducía instrumentos no convencionales y su repertorio, siempre variado, sólo contenía temas alegres o románticos.

Pero cuando hacía tango, uno percibía el sonido brillante de una orquesta afiatada, con arreglos sencillos pero de buen gusto y que además, contaba con muy buenos vocalistas.

Nos cuenta el coleccionista e investigador Emilio Pichetti: «Enrique Rodríguez fue un músico completo y funcional, además de tocar el bandoneón, con igual facilidad interpretaba el piano y el violín o empuñaba la batuta. Tenía gran talento y agilidad para resolver fácilmente la realización de sencillos arreglos y adaptaciones de melodías clásicas consagradas y populares de todos los países, sin quitarle su esencia de ritmo internacional. Así se afincó el éxito de la orquesta no solo en nuestro ambiente, sino también en todo el continente para delicia de oyentes y bailarines».

En algunas biografías figura como nacido en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, en otras se dice que fue en la ciudad de Buenos Aires.

Sus primeros pasos con el bandoneón transcurren en los cines de barrio, haciendo el fondo musical de las películas mudas a dúo con un piano.

Cuando comienza la radiofonía en Argentina, participa formando pequeños conjuntos en radionovelas gauchescas. Actúa esporádicamente en algunas formaciones, como las del Ruso Antonio Gutman, Juan MaglioJuan Canaro y Ricardo Brignolo.

En 1926, debuta en el sexteto de Joaquín Mora y luego de otros empleos, integra la orquesta de Edgardo Donato, que pese a permanecer en ella por poco tiempo lo influye, seguramente, impresionado con la agilidad y brillantez de su ritmo.

En 1934, integra un trío para acompañar al cantor Francisco Fiorentino en Radio Belgrano. Al año siguiente forma un cuarteto con la misma finalidad, pero para la actriz y cantante María Luisa Notar quien al poco tiempo se convertiría en su esposa.

En este cuarteto tuvieron participación músicos de la talla de Lalo Scalise en el piano, Gabriel Clausi en el badoneón y el violinista Antonio Rodio.

Finalmente en 1936 arma su propia orquesta que denominó: «La orquesta de todos los ritmos». Polkas, valses, tangos, foxtrots, pasodobles y rancheras son entregadas al público que bailaba y cantaba los temas con entusiasmo y alegría.

Era la orquesta elegida para amenizar fiestas y bailes, porque además por su característica resultaba económica, porque hacía innecesario el complemento de otra orquesta tropical o de jazz.

En 1937, la empresa Odeon lo contrata como artista exclusivo y esta relación se mantiene durante 34 años, realizando más de 350 registros.

Roberto Flores (El Chato) fue su primer cantor con quien grabó 35 temas, pero la voz más representativa fue sin duda la de Armando Moreno (El Niño Moreno), quien estuvo en tres períodos diferentes, formando una dupla que dejó huellas imborrables en la memoria tanguera. Con él hizo alrededor de doscientos registros y varias giras por América y en particular Colombia, donde fueron prácticamente idolatrados. Años más tarde, en 1965, repitieron ese éxito en Perú, en un viaje que participó el ya veterano Raúl Iriarte, aquel cantor que se destacara en la orquesta de Miguel Caló, en la década del 40.

Contó también con las voces de Ricardo Herrera, Fernando Reyes, Omar QuirósRoberto VidelaJosé TorresOscar Galán, Ernesto Falcón, Cruz Montenegro y Dorita Zárate.

Compuso muchos temas, entre los que se destacan: “Amigos de ayer”, “En la buena y en la mala”, “Iré”, “Llorar por una mujer”, “Son cosas del bandoneón”, “Yo también tuve un cariño”, “Lagrimitas de mi corazón”, “Tengo mil novias”, todos con letra de Enrique Cadícamo; “Adiós, adiós amor” con Roberto Escalada; “Café” con Rafael Tuegols; “Como has cambiado pebeta” con R. Carbone; “Flor de lis” con Horacio Sanguinetti; “Sandía calada” con Máximo Orsi; entre muchos otros.

Pero sin duda alguna, el disco que más éxito tuvo y el más vendido fue su vals “Tengo mil novias” cantado por Roberto Flores.

Nos agrega Pichetti: «En 1944 realizó un intento de modificar armónicamente su estilo al integrar a su formación como pianista y arreglador a Armando Cupo, al bandoneonista Roberto Garza, también arreglador y a Omar Murtaghalternando en el violoncello y contrabajo. Así llegó a interpretar varios tangos con notable acierto instrumental: “Naranjo en flor”, “La vi llegar”, “Luna llena”, “Y así nació este tango” y “El africano”. Pero el público prefirió a la «Orquesta de todos los ritmos» y, en 1946, desvinculados Cupo y Garza, retornó al género bailable, conservando ese estilo durante el resto de su trayectoria».

Los sectores más refinados del tango repudiaron su estilo y lo ignoraron, yo lo rescato porque todo lo que hizo lo hizo bien, de un modo profesional, aún aquello que podemos considerar de inferior calidad. Pero por sobre todas las cosas, fue una muy buena orquesta típica, de bello y armonioso sonido , tanto para escuchar como para bailar el tango.


ENRIQUE RODRIGUEZ

D.J. TANGO PA' QUE BAILEN



MARIANO MORES DISCO DE ORO

Tapa Ilustrativa


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